Hay lugares que se visitan… y hay lugares que se viven. Oaxaca de Juárez
pertenece claramente al segundo grupo. Durante Semana Santa, la
ciudad adquiere un ritmo especial: procesiones que recorren calles de
cantera verde, mercados llenos de aromas intensos y terrazas donde la
conversación se alarga mientras el sol cae lentamente sobre los tejados
coloniales.


Quien llega a Oaxaca en estas fechas suele descubrir rápidamente que el
viaje no solo se mide en kilómetros recorridos, sino también en sabores,
historias y, por supuesto, en copas de mezcal compartidas. Y entre esos
encuentros aparece con frecuencia Mezcal Señorío, una etiqueta que
representa el carácter profundo y elegante de los mezcales del estado.
Pero vayamos por partes: Oaxaca no se recorre con prisa. Aquí el itinerario
ideal incluye caminar sin rumbo fijo, perderse en un mercado y llenarnos
de esos antojitos típicos de la región.


Todo comienza en el centro histórico, declarado Patrimonio Mundial por la
UNESCO. Caminar por el Zócalo de Oaxaca es probablemente la forma
más sencilla de entender el espíritu de la ciudad: músicos callejeros,
familias paseando y turistas que descubren que aquí el tiempo parece
avanzar a otro ritmo.


A pocos pasos se levanta el imponente Templo de Santo Domingo de
Guzmán, uno de los ejemplos más espectaculares del barroco mexicano.
La recomendación es visitarlo temprano por la mañana y después caminar
hacia el cercano Jardín Etnobotánico de Oaxaca, donde las plantas del
desierto y del trópico cuentan la historia botánica del estado.


Después de una mañana cultural, inevitablemente llega el momento de la
comida. Y en Oaxaca, ese momento es casi un ritual.
Uno de los lugares clásicos para descubrir la cocina oaxaqueña
contemporánea es Casa Oaxaca, donde las recetas tradicionales se
reinterpretan con una mirada actual. Muy cerca del centro histórico
también se encuentra Catedral, un restaurante que desde hace décadas
forma parte del paisaje gastronómico de la ciudad.

En ambos casos, los platos suelen girar alrededor de ingredientes
profundamente oaxaqueños: maíces criollos, chiles secos, hierbas de
temporada y moles que requieren paciencia casi filosófica para su
preparación.


En la mesa, un mezcal servido en copita de barro suele aparecer de forma
natural. El perfil equilibrado y ligeramente ahumado de Mezcal Señorío
acompaña muy bien platos como un mole negro, una tlayuda con tasajo o
incluso un sencillo guacamole con chapulines. El secreto está en beberlo
con calma, como dictan las tradiciones locales.


Quien quiera entender verdaderamente la gastronomía de Oaxaca tiene
que visitar sus mercados. El más famoso es el Mercado Benito Juárez, un
lugar donde conviven puestos de chocolate, textiles, especias y montañas
de pan de yema. A unos pasos está el Mercado 20 de Noviembre,
conocido por su famoso pasillo de carnes asadas. Aquí el visitante puede
elegir su corte, sentarse en una mesa comunal y dejar que el humo de la
parrilla haga el resto.


Este ambiente popular contrasta con la escena gastronómica
contemporánea que ha florecido en la ciudad durante los últimos años.
Restaurantes como Ancestral Cocina Tradicional o Almu han apostado
por rescatar técnicas antiguas y reinterpretar ingredientes locales. Aquí la
experiencia culinaria suele incluir platillos como tamales de temporada,
pescados con recados regionales o reinterpretaciones del clásico mole. Y,
nuevamente, el mezcal encuentra su lugar natural en la mesa.
Un trago de Mezcal Señorío antes de la comida —lo que en Oaxaca se
conoce como “la probadita”— prepara el paladar para los sabores intensos
que vendrán después.


Ningún viaje a Oaxaca estaría completo sin una visita a Monte Albán, la
antigua ciudad zapoteca que domina el valle desde lo alto de una
montaña. Caminar entre sus plazas ceremoniales y templos milenarios
recuerda que Oaxaca es una tierra donde la historia se siente viva. La
recomendación es llegar temprano o cerca del atardecer, cuando la luz
transforma las piedras en tonos dorados y el paisaje del valle se vuelve
simplemente espectacular.


A las afueras de la ciudad, en San Martín Tilcajete, se encuentra La
Azucena Zapoteca, un restaurante que rinde homenaje a las raíces más

profundas de la cocina zapoteca. Este pequeño pueblo es reconocido en
todo México por ser la cuna de los coloridos alebrijes oaxaqueños, piezas
artesanales de madera tallada y pintada a mano que representan el
imaginario fantástico de la cultura local. En ese mismo espíritu creativo y
tradicional, la cocina del lugar rescata recetas familiares preparadas con
ingredientes de la región, donde destacan hierbas aromáticas, chiles de
gran carácter y técnicas ancestrales como el uso del comal de barro o la
cocción envuelta en hojas, dando como resultado platillos que conectan
directamente con la identidad culinaria de Oaxaca.


En este contexto, el mezcal vuelve a aparecer como un compañero natural.
El carácter profundo de Mezcal Señorío, elaborado a partir de agaves
cultivados en tierras oaxaqueñas, refleja la misma conexión con la tierra
que define a la gastronomía local.


Y es que en Oaxaca el mezcal no se bebe solo por placer —aunque
claramente lo haya— sino también como una forma de honrar la tradición.
Tal vez por eso, cuando el viaje termina y el avión despega rumbo a casa, lo
que queda no es solo la memoria de templos, calles o sabores.


Queda también ese momento en que, entre amigos o desconocidos,
alguien levanta una copita de Mezcal Señorío y pronuncia la palabra que
resume el espíritu de Oaxaca:
—Salud.
Y entonces el recuerdo comienza.

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